Guardianes los Unos de los Otros
“En cada interacción, debemos reconocer y responder por el resultado de nuestras acciones siendo que somos resonsables ante la Altísima Autoridad.” — 2 Corintios 5:10 NVI
Para los que venimos de otros países, quizá uno de los aspectos más enigmáticos del sistema de gobierno en Estados Unidos es que es una república constitucional. Esto requiere no sólo la separación de los poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) sino también que cada rama del gobierno actúe como contrapeso a las otras. Es decir, la constitución fue diseñada para entrelazar las acciones de los tres fragmentos sin que ninguna parte del gobierno tenga completa autonomía.
Aunque esta delineación puede hacer que el gobierno se mueva lentamente en ejecutar decisiones, esos laboriosos procedimientos también aseguran que hay protecciones previniendo algún extremismo. La intención de los patriarcas patrimoniales fue de establecer una forma de gobierno que, cuando sea necesario, diera amplio tiempo a la ciudadanía para cambiar el rumbo de la nación.
Ciertamente este principio, de revisar las acciones de otros, fue inventado por Dios mismo Quien desde el comienzo del mundo introdujo la idea de ser responsables en nuestras relaciones. Aun siendo nuestro Omnisciente Padre, al momento de ver que Adán y Eva le desobedecieron, Jehová descendió el huerto para hacerles algunas preguntas (Génesis 3:8–11).
Dios extiende esta práctica también a cómo respondemos en nuestras relaciones con otros seres humanos. No mucho más tarde de la tragedia en el Jardín del Edén, los primeros hijos tuvieron problemas que no fueron resueltos amigablemente. Allí también el Justo Juez intervino, primeramente, amonestando al hermano mayor por su rencor (Génesis 4:6–7) y después del asesinato de Abel, tristemente tratando con el transgresor (4:9–10).
En cada interacción, debemos reconocer y responder por el resultado de nuestras acciones siendo que somos responsables ante la Altísima Autoridad (2 Corintios 5:10). Dios no quiere que nada nos separe de Él, pero nuestras tendencias pecaminosas y las maquinaciones del enemigo trabajan en contra de este deseo Divino. Cuando erramos hacia nuestro hermano o hermana, esas infracciones deterioran nuestra relación con él o ella y también nos separan de Dios (Isaias 59:2).
Dios no puede pretender que los agravios entre nosotros no tienen consecuencias y si no corregimos nuestro comportamiento y enmendamos nuestras acciones, los resultados pueden ser perpetuos. En la aleccionada historia del hombre rico y Lázaro, Jesús no dejó ninguna duda de los efectos eternos del mal trato humano. Y en esa misma parábola, escuchamos el lánguido llamado para que Dios mande interventores a advertir a los que todavía tienen tiempo (Lucas 16:19–31).
Por esto, el Pastor de nuestras almas se interpone cuando nos desviamos del buen sendero. Sin quitarnos el libre albedrío, Dios viene a nuestro encuentro para llamar nuestra atención a las consecuencias de nuestras imprudentes decisiones. Y si no hemos estado indagando en Su Palabra, el Benévolo Guía nos enviará uno de Sus emisarios. Samuel fue despachado a reprobar la rebelión de Saúl (1 Samuel 13:6–13). Natán fue enviado a provocar a David, para que considere sus crímenes y busque el perdón divino (2 Samuel 12:1–12).
En la formación de la iglesia primitiva, Dios continuó utilizando esta importante pauta para detener el envenenamiento de la joven congregación. A Pedro dio sagrada intuición para descubrir el engaño de Ananías y Safira, utilizándolos como ejemplo de la exacta santidad de Dios (Hechos 5:1–11). Pero después, Pablo tuvo que confrontar al mismo Pedro por la falta de consistencia en su testimonio (Gálatas 2:11–4).
Por cierto, Dios sabe que sólo se necesita un poco de levadura para leudar toda la masa (1 Corintios 5:6) y, aunque lo consideremos sólo un pequeño desliz, nos insta a tratar enfática y directamente con cualquier pecado. La disciplina de hacer morir lo terrenal en nuestros miembros (2 Pedro 3:5) es vital para nuestro desarrollo espiritual. Con la misma pasión que cantamos alabanzas al Fructífero Creador, debemos desarraigar todo brote que puede contaminarnos y a los que nos rodean (1 Corintios 12:15). Entendiendo que el Paciente Labrador aún podará las ramas sanas para que lleven más fruto (Juan 15:2).
El mejor entorno para este ejercicio de nuestra fe es en medio de la congregación de los justos. Si bien Dios puede susurrar en nuestros oídos a solas (1 Reyes 19:11–13), el método más eficiente es cuando nuestro Magnánimo Maestro utiliza la inspiradora madurez de los santos quien ha puesto en nuestro paso. El autor de Hebreos afirma que podemos tener confianza y certidumbre al acercarnos a Dios, con corazones sinceros, dispuestos a ser lavados con agua pura; e inmediatamente nos invita a que mutuamente nos estimulemos a buenas obras, recomendando que nos congreguemos frecuentemente para prevenir la desvaluación de nuestra sagrada relación y la lamentable caída en las manos del Dios vivo (10:19–30).
Jesús detalló el proceso que podemos seguir para ser de recíproco beneficio los unos a los otros. Siempre comenzamos en lo personal, pidiendo que el Espíritu Santo remueva la viga que estorba nuestra vista antes de intentar ser de ayuda a otro peregrino (Mateo 7:1–5). Después, nos acercamos a nuestro hermano o hermana en privado para conversar sobre el dilema. Si esta diálogo no rinde resultados positivos, invitamos a un par de hermanos a entrar a nuestra conferencia. Y si todavía no hemos logrado el retorno del rebelde, la congregación por completo puede intervenir para reestablecer al caído (Mateo 18:15–18).
Manteniendo en todo el tiempo el noble enfoque de arrebatar alguna alama del fuego (Judas 1:23), restaurando con mansedumbre al que se ha enredado en alguna transgresión, cuidándonos para que nosotros mismo no caigamos en alguna tentación (Gálatas 6:1). En la confraternidad de los que siguen a Cristo podemos con sinceridad entonces confesar nuestros pecados para recibir oración (Santiago 5:16). Allí encontraremos aliento cuando estamos desanimados, apoyo en tiempos de debilidad y amonestación cuando hay desorden (1 Tesalonicenses 5:14). Cada hermano y hermana sometiéndonos los unos a los otros por temor a Cristo (Efesios 5:21).
¡Que hermoso es el amor de Dios que nos vincula, permitiéndonos ser guardas de nuestros hermanos!
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